¿Cómo abordar la valoración en un contexto real?
En puridad, la valoración de una empresa consiste únicamente en descontar sus flujos de caja esperados, a la tasa de descuento apropiada. No hay ninguna complejidad analítica más allá de un simple VAN.
Pero a estas alturas, posiblemente se habrá planteado algunas preguntas incómodas: hay demasiados valores, demasiadas indeterminaciones. Todo parece demasiado abstracto, ¿cómo es posible definir el objetivo en términos de un concepto tan etéreo? ¿Cómo podemos afirmar, con razonable seguridad, si estamos creando riqueza y actuando en beneficio de los propietarios?
La noción formal de valor es única, las diferencias surgen cuando la aplicamos con información imperfecta. No hay certezas sobre el comportamiento de la tesorería, las inversiones, las operaciones de financiación, etc. porque la actividad financiera está regida por procesos aleatorios. No hay un valor matemáticamente correcto preexistente que debamos buscar, el valor es una realidad que se va configurando día a día, a medida que el entorno evoluciona y la empresa va tomando decisiones. Se trata de estimarlo de manera realista y justificable.
Por otra parte, no todos tenemos la misma percepción de valor: si tengo habilidades específicas o un buen proyecto para reflotar un negocio, quizá atribuya a la empresa más valor que otro inversor cuya prioridad es liquidarla; si me dedico a la compraventa de antigüedades, o soy un entusiasta de la ciencia-ficción, ciertos artículos tendrán para mí un valor especialmente alto. Pero no puedo esperar que otros compartan mi percepción de valor, no podemos atribuir a las cosas un valor absurdo, como teatraliza Oscar Wilde en El abanico de Lady Windermere. Mis expectativas deben ser realistas y alcanzables.
Desde el punto de vista metodológico, no todos los enfoques valorativos pueden conducir al mismo resultado; es una imposibilidad material porque cada uno se asienta sobre sus propias hipótesis, entre las cuales está una interpretación concreta de los atributos que determinan la percepción de riqueza (flujos de caja, dividendos, etc.). Lo que sí sabemos es que hay un enfoque valorativo formalmente correcto - el descuento de flujos de caja -, que debería ser nuestra primera elección.
El objetivo es construir una valoración razonable y realista, basada en expectativas coherentes con las tendencias de la empresa y con la información disponible, y obtenida mediante la correcta aplicación de modelos adecuados a las circunstancias; debe ser un resultado que podamos justificar rigurosamente.
Es probable que esto no resulte satisfactorio; pero recuerde que no tratamos con relaciones matemáticas en un modelo mecanicista; la empresa es una realidad orgánica, dinámica, mutable, que cambia y se adapta a los cambios que se producen regularmente en su entorno, lo que la conduce por una trayectoria no del todo predictible. Actuamos con información imperfecta, y no resulta inesperado que solo podamos proporcionar resultados en términos de probabilidad.